Publicación en línea de mi nuevo cuento corto: “Día de suerte”, mención especial de la Revista Perdiendo el Rumbo en su I Convocatoria

hand writes with a pen in a notebook

Hola queridos lectores, hoy les traigo la grata noticia de que he participado de la I Convocatoria de fantasía, terror y ciencia ficción de la revista “Perdiendo El Rumbo” y ¡he sido acreedor de una mención especial por la misma!

Realmente me produce mucha satisfacción que mi cuento haya sido reconocido. Con ese mismo entusiasmo es que escribo estas palabras y, con el interés de que ustedes también puedan disfrutarlo, aquí se los dejo debajo, totalmente gratis. Espero que os guste.

Día de suerte

El hombre miraba atentamente cómo la luz de un Mass Killer 560, motor Veritas se filtraba por las ventanas de la acera de enfrente. Por supuesto, recordó activar el compresor de luz infrarroja y bajó la cortina de polimerización. Este artilugio asemejaba una ventana cerrada del lado exterior, mientras que le permitía seguir viendo hacia afuera  sin ser detectado.

Agradeció para sus adentros haber conocido al Dr. Constanzia. A pesar de los escasos momentos que habían compartido juntos como luchadores de la Desesperanza —la organización revolucionaria de la que ya era un veterano—, Devan no podía dejar de reconocerle que sus conocimientos de ciencia aplicada a la guerra habían resultado invaluables.

En aquel momento, sin embargo, Devan no tenía tiempo que perder. Sabía que el Mass Killer 560 había sido enviado a la ciudad para aplastar a las últimas células de la resistencia, ubicadas en el centro de Nueva York. 

De acuerdo con las últimas noticias que recibió en código eklesiano por sus compañeros de la Desesperanza, aún quedaban unos 50 hombres y mujeres en pie, con escasas municiones y menos de 20 granadas kovohl —el arma predilecta de sus compatriotas, capaz de destruir una hojalata robótica tamaño humana con su explosión de plasma.

La situación era realmente desesperante, lo cual lo impulsaba aún más para encontrar una salida al embrollo en el que se había metido. Si hay algo que ser un miembro activo de la Desesperanza le había enseñado, es que el ser humano se forja en el hierro que le quema las sienes. 

De manera que, sin dilación, se dirigió a su escritorio y tomó en sus manos la esfera de reubikaciónque el mismísimo Dr. Constanzia había creado.

Esta maravillosa esfera tenía la capacidad de transportar en el espacio y tiempo a cualquier persona y reubikarlaen un tiempo anterior al de su consciencia, preservando su psiquis intacta. 

Había sido creada con el propósito de alertar a la humanidad sobre los peligros de la utilización indiscriminada de la tecnología como medio de destrucción masivo.

Los viajeros temporales, de acuerdo con el plan del doctor, serían enviados al pasado para detener guerras, liderar tratados de paz y encabezar descubrimientos científicos mucho antes de que estos tuvieran lugar. Serían emisarios de la paz y la armonía con la misión de evitar el inicio de la Era de la Oscuridad: la cuarta y última Guerra Mundial; la guerra que terminaría por destruirnos a todos.

Devan lo recordaba muy bien. El 21 de diciembre de 2078, tras una guerra total que se extendió por cinco largos años, la humanidad fue finalmente sometida al dominio de la computadora Madre. Lo que inició como un proyecto del gobierno de los Estados Unidos para conectar a todas las computadoras del mundo y, de esa manera, tener el control total sobre sus habitantes —anulando la arcaica “privacidad digital”—, culminó en la insurrección de la computadora Madre y su posterior planificación de la esclavitud de la especie humana. 

Ya no había motivo alguno para continuar la lucha en esa línea temporal. La guerra estaba perdida y los pocos luchadores de Desesperanza que aún seguían con vida lo sabían. 

Por ese motivo, viajaría a la ciudad de Londres en enero de 1986, cinco años antes de la Guerra del Golfo. Devan sabía con certeza que esa guerra había sido el catalizador para la Tercera Guerra Mundial, la cual llevó a la casi destrucción del planeta y a la desaparición de Medio Oriente del escenario mundial.

Una vez en Londres, buscaría la manera más adecuada de frenar la Guerra del Golfo. Era un plan desesperado, pero también era lo menos que podía hacer para honrar a todos aquellos camaradas que habían sacrificado su vida para salvar la suya; para honrar a las millones de vidas que se habían perdido en guerras ridículas desde entonces. 

Abrió el cajón de la esquina izquierda del escritorio y tomó un diario escondido debajo de unos papeles. Era el diario del doctor.

Este último se lo legó momentos antes de su muerte, luego de recibir un impacto de escopeta en el estómago.

Agonizante, le confesó que en el diario se encontraba la clave para abrir las esferas de reubikación y le encargó viajar al pasado y arreglar el desastre en el que se encontraban. 

Devan recordaba que aún quedaba una esfera de reubikación en el cuartel general, de manera que decidió robarla cuando nadie estuviera mirando.

Tras reflexionar sobre el hecho unos días más tarde, llegó a la conclusión de que cualquiera de sus compañeros hubiera hecho lo mismo. Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas.

Devan abrió el diario y comenzó a leer. Rápidamente, encontró lo que buscaba y comenzó a programar la esfera de reubikación. Su programación era analógica, pues de ser de otra manera la computadora Madre hubiera tenido acceso a ellas.

Cuando se encontraba a medio camino, un chirrido monstruoso le heló la sangre. Eran las piernas del Mass Killer 560 que comenzaban a moverse.

Para empeorar las cosas, la bestia de metal se estaba acercando. Ahora comenzaba a alumbrar en su dirección.

Ya no había escapatoria.

Colocó la última pieza en su lugar y la esfera se abrió.

No hubo tiempo de presionar el último botón.

Dos segundos antes, la luz se detuvo sobre él y, justo cuando estaba por abrir el portal, el puño de la bestia de metal penetró en el apartamento.

Devan atinó a saltar hacia su izquierda. Trozos de escombro le cayeron encima y el escritorio estalló en mil pedazos. 

Devan estaba vivo. Por mero azar, el librero que se encontraba en el apartamento cayó justo delante de él, proporcionando la mejor cobertura que podría haber deseado.

Notó cómo la luz faro de la máquina pasaba por encima de su cabeza y se concentró en mantener la calma y bajar los latidos de su corazón. 

El compresor de luz infrarroja le otorgaba cobertura adicional, pero nunca se podía estar demasiado seguro ante una bestia como esa.

La espera se hizo eterna. La ansiedad que ahora lo invadía amenazaba con quitarle cualquier posibilidad de supervivencia. Estuvo a punto de levantarse y correr hacia la esfera, donde sea que estuviese.

Justo en ese momento la luz pareció alejarse. Con la cautela de un león, emprendió arrastrándose el sinuoso camino hacia el centro de la habitación. 

Esto no fue tarea fácil, pues, sumado a la destrucción de su escritorio, la pared que ahora se encontraba a su derecha había colapsado parcialmente, dejando un rastro de escombros y madera partida por doquier.

Agudizó sus sentidos, mirando hacia delante y hacia su izquierda repetidas veces, solo para ver como el gigante de lata le daba la espalda y se alejaba, moviendo sus espantosas treinta toneladas de acero. 

Siguió arrastrándose como un felino hasta que finalmente la vio; milagrosamente, la esfera estaba intacta justo en frente de sus ojos.

En un impulso desesperado y angustiante, se incorporó de un salto y corrió hacia la esfera, que se encontraba a menos de seis metros de él.

De manera casi instantánea notó por el rabillo del ojo izquierdo como el Mass Killer 560 giraba sobre sí mismo.

Al mismo tiempo que tomó la esfera en su mano, sintió el calor de un reflector inmenso en su rostro. Quedó cegado por unos instantes. 

Acto seguido, dio comienzo el chirrido que anunciaba la carga del cañón de plasma de la bestia infernal. 

Volteando el rostro hacia el reflector, como aceptando su destino, corrió hacia la pared sin ventanas y saltó hacia delante, justo para ver como el cañón hacía su disparo.

Presionó el último botón antes de saltar. El fuego lo engullía. Así fue como murió.

¿Murió? No.

Abrió los ojos.

Cuando por fin pudo ver donde se encontraba, reconoció una ciudad que había visitado muchas veces durante su vida: se encontraba en Londres.

Se puso de pie y miró a su alrededor. Era de día y la ciudad estaba desierta. No era la Londres que recordaba.

Sin poder salir aún de su incredulidad, una camioneta con evidentes efectivos militares vino a su encuentro y se estacionó justo en frente de él.

Tras esto, uno de ellos abrió la puerta de la camioneta y le apuntó con un rifle. El otro descendió de la camioneta con su Mauser. 

Eran nazis. 

Comenzaron a hablarle en alemán, pero él se negó a responderles en su idioma. 

Dijo unas palabras en inglés.

—Tírese al piso y entregue su arma. Queda usted arrestado— dijo el oficial, en perfecto inglés.

Hizo lo que le pidieron.

Acto seguido, dos hombres lo rodearon y lo levantaron en andas de los brazos.

—¿Dónde estoy? ¿Qué año es? —dijo Devan. 

—¿Qué clase de preguntas son esas? —respondió el oficial—. Estamos en Londres y es el año 1986. Le recomiendo que no finja que desconoce lo que estaba haciendo, pues todo será más difícil para usted. 

Tras decir esto, hizo una seña a sus subalternos. 

“Este es mi día de suerte”, pensó Devan para sí y la culata de un rifle impactó en su nariz.

Fin

¿Qué os ha parecido? Espero con muchas ansias que me hagan llegar sus comentarios y que me hagan saber si les gustaría que continuase la historia.

Les envío un cálido saludo y como siempre digo: vivid, gozad, y sed felices.

Hasta la próxima.

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